
El coronavirus, o COVID-19, ha generado una pandemia que significa ya motivo de reflexión sobre la evolución de la vida, no solamente biológica o ecológica y ambiental, sino también en su sentido sociológico o cultural.
En estos días el mundo ha experimentado lo que nunca. Tenemos la fortuna de presenciar un evento que bien puede ser algo menor a lo que puede llegar a suponerse. La catástrofe habrá de definirse, pero lo vivido ya, ya merece tenerse como punto de cambio en la existencia humana. Insisto sin embargo, en que todo puede reducirse a la nada, hasta la propia desaparición de la vida en este planeta.
Pero también tenemos la oportunidad de hacer que esta nada se vuelva el tema de nuestro drama, y ver en el teatro de la vida una escena de destrucción, la muerte que mata, y la vida que sobrevive; el virus que no vive y que mata parasitariamente, y las células que hospedan a la muerte y la reproducen irónicamente. Sin embargo, creemos que habrá de haber un final feliz, que sería la conservación de la vida, sea como sea que se manifieste.
Siendo los virus no exclusivos de la salud humana, la amenaza no es precisamente dirigida contra la vida de nuestra especie, sino que más grave es que molesta en realidad siempre a todos los géneros de la biosfera. Pero que siga habiendo vida no puede ser nuestro objetivo. Ni tampoco queremos reducir nuestros esfuerzos a sobrevivir de alguna manera. Queremos, en realidad, dado un problema, resolverlo de la mejor manera, que sea la óptima. Queremos volver a la normalidad, después de la crisis. Y así poder seguir con nuestras vidas con lo relativamente felices que eran, y si se puede, habremos de esforzarnos por que sean mejores. Habrá de parecer el sacrificio, pero éste se tiene que compensar, dada nuestra acostumbrada lógica utilitarista. El sacrificio tiene que ser menor a las recompensas. Éstas tienen que ser mayores a los costos. Si antes teníamos tortillas, ahora queremos que contengan sal, para hacer unos burritos.
Fuera de toda ignorancia, no necesitamos más que el sentido común para resolver nuestros problemas. Nuestro problema más urgente es, obviamente la vida, pero una vida buena. La mala es mejor que muera. Para la vida buena es necesario comer bien, para estar saludablemente alimentados, y también tener placeres constantes que representen sacrificios de costos menores. Esos placeres deben ser secundarios, pues la alimentación es básica. Esa debe estar cubierta por los costos, que deben estar sostenidos por el trabajo que cada individuo realice. El mercado sirve de mecanismo eficiente para que los trabajos, divididos entre la población, puedan coordinarse, ofreciendo productos y comprando, por medio del dinero. Pero si no hay trabajo, como ya está ocurriendo, el mercado tiene que funcionar ahora por medio del financiamiento fiduciario. En el corto plazo, parece que la solución depende de la propia fe calculada sobre de aquellos que pagarán los préstamos. En el corto plazo sin embargo, los préstamos son arriesgados para con aquellos que perdieron su trabajo, y tres semanas después ya no tienen dinero, pues no tienen la disciplina, muchas veces, del ahorro. Las finanzas de corto plazo al parecer, no son fiduciarias, y sí en cambio de rescate. Si existe el famoso 1%, que sea éste quien transfiera el dinero.
La economía sufre porque sufren los cuerpos enfermos; y éstos mueren muchas veces porque sufre la economía. No hay salud porque no hay dinero, y también al revés. La pandemia nos ha enseñado a tener mejores sistemas sanitarios, sobre todo en la cobertura, para que las emergencias así se sobrelleven con menor atiborramiento de los hospitales. Se empieza a suponer que dentro de ellos aparecen los dilemas éticos, sobre la decisión de suministrar un beneficio médico a algún paciente, sobre de ciertos criterios. ¿Vale más el joven que el viejo? ¿Vale más el servicio del pasado que el trabajo del futuro? O bien, ¿debe, en esa circunstancia, pagar ese joven, lo que se la debe a ese viejo? ¿Vale más la sonrisa de una niña, que la de un niño? ¿Debemos salvar mejor al perrito, linda mascota, en lugar del secuestrador deplorable? ¿Qué hacer?
No somos los únicos que tomamos decisiones. La evolución de la vida en la Tierra nos muestra una historia que en tiempo llega hasta aquí, en el que se ha decidido la muerte de 87, 706 personas por el coronavirus, desplome de 30 puntos en el mercado bursátil de enero a marzo, recortes de tasas de interés, a 26 dólares el barril de petróleo, crecimiento global a 3% para este año. Tal vez las cifras parezcan insignificantes, en el contexto evolutivo de la vida; y la propia naturaleza tuvo que decidir sobre la suerte de sus pacientes; o los murciélagos o los humanos, o los puercos o las cabras. ¿Qué es mejor, para la utilidad, o felicidad, de la naturaleza; murciélagos COVID, o humanos polución?
Puedo creer que es parte de nuestro drama creer que somos los humanos culpables o víctimas de cualquier cosa. Tengo tan poca información que no sé qué ocurre en la casa de mis vecinos. Tengo menos información de lo que ocurre en el otro lado del mundo ciertamente. Sin embargo, creo también muchas cosas que pasan en la televisión. Es tan poca la información, que tiendo a convencerme de que todo es una conspiración muy bien diseñada. De lo que sí estoy convencido es que en la televisión los gobernantes nos piden que nos encerremos en nuestras casas, y que por eso muchos ya no pueden trabajar, y estamos preocupados por comer una tortillas con nuestras familias, pensando que a lo mejor son las últimas tortillas del cosmos.
Así, la felicidad, en algunas circunstancias, nos reduce a disfrutar de los últimos minutos, como ocurre con muchos moribundos. Muchos prefieren la alegría que la tristeza. Así que es mejor que te agarre la muerte comiendo un gansito y una coca, que llorando y rezando todo preocupado. De mientras, mientras que no sé nada, me voy a poner a investigar algunos datos sobre nuestro problema, para saber cuál es éste; ¿Qué relación tiene este virus de la muerte con la evolución de la vida?





















