Si pensamos al ser humano como una unidad de cuerpo y alma, es posible pensar en esa unidad como un equilibrio entre esas dos partes constituyentes. Es una intuición fácil de comprender. Cuando se ve al espejo, advierte uno que el cuerpo está formado de una manera simétrica, y entendemos que en la motricidad es importante la coordinación entre las diferentes partes del cuerpo para tener movimientos armónicos y con sentido pragmático.
En lo que concierne al alma, el estudio se complica cuando nos atenemos a los datos de los sentidos. Sin embargo ellos mismos nos informan, o conducen, pues son el medio, del pensamiento abstracto. En efecto, en la observación de los objetos del mundo, la facultad intelectual de los seres humanos es capaz de considerarlos desde diferentes aspectos, todos los cuales se encuentran unidos en el objeto de observación, pero que en la mente se separan o son analizados. Este método analítico permite investigar la realidad desde una lógica demostrativa, determinando primero conceptos bien definidos, e infiriendo algunos enunciados respetando algunas leyes lógicas de seguimiento argumentativo.
Pero es claro que el cuerpo sin el alma no vive. Si nos interesamos por los seres vivos, sabemos que éstos mueren, y cuando ello ocurre, entendemos que esos cuerpos mantienen un comportamiento estático, sin expresión, e inician un proceso de descomposición y desaparición. Durante todo ese proceso entendemos que el alma ha dejado de ejercer su funcionamiento, y con ella el cuerpo. Y así mismo, no es posible el conocimiento de las almas si no es por medio de los cuerpos (a menos que creamos en fantasmagorías), pues cuando éstos tienen comportamientos vitales, de expresión y movilidad, definimos allí que es el alma actuante en el cuerpo.
Es una intuición fácil de comprender. Pero además estamos informados de la antigüedad de esta creencia. Desde los más remotos vestigios de las culturas humanas, y en conexión incluso con los animales no humanos, nuestra especie ha adquirido conciencia de esta composición doble del ser humano, y sobre de esas categorías edifica además un proyecto de idealidad humana.
Así como la armonía que se observa en el movimiento de los cuerpos, el hombre sugiere que el alma funciona semejantemente. Así, desde nuestro pensamientos intentamos un orden armónico y de equilibrio, y sugerimos que entre el alma y el cuerpo hay, y debe haber, una relación equilibrada.
Pero cuando consideramos al ser humano como un ser nacido de una madre, que lo debe de cuidar durante los primeros años, junto con otros semejantes ya existentes, definimos ahora una situación social, la cual es también determinante. Todo el tiempo observamos el desarrollo de nuestros cuerpos, ellos se van modificando, edificando hacia arriba, madurando, pero también gastándose y decayéndose después. Toda esa historia ocurre en un contexto social, llena de relaciones sociales, de interacciones entre muchas personas. El desarrollo de nuestra persona como un ser individual, no es posible fuera del desarrollo de la comunidad en que nos encontramos. Y es posible llamar desarrollo comunitario a una situación o proceso, cuando los individuos en él se desarrollan semejantemente, porque están juntos e interactúan, se entienden y se responden, y adquieren comportamientos de asociación y de uso instrumental para fines pragmáticos, como el aprovechamiento de los capitales, recursos naturales y humanos, industriales y sociales. Llamamos cultura al desarrollo de una comunidad donde los individuos comparten el lenguaje; y todos los elementos que de él surgen son los que conducen a funcionamientos equilibrados de una sociedad durante un lapso del tiempo.
La cultura así entendida es identificada con la educación, pues ésta es la actividad humana que deliberadamente incide entre las personas con el fin de perpetuar comportamientos. Desde nuestro pensamiento, habiendo observado el desarrollo de nuestras vidas y las de los demás, nuestros cuerpos y nuestras almas, la cultura en general, podemos generar un ideal que es lógico y consecuente con nuestra historia. Podemos concebir un ser humano ideal, el cual es posible en el futuro, y por eso creemos en nuestros esfuerzos educativos, los métodos pedagógicos, para alcanzar esos ideales puestos en nuestra mente. Queremos realizar nuestros sueños más deseados. Deseamos también una sociedad perfecta, la ponemos en una idea, es decir, la diseñamos, y cuando creemos que no es una utopía, no es fácil dejar de pensar y de aplicar métodos que nos aseguren el éxito de nuestros proyectos. La educación es pues concebir el objetivo ideal. Segundo, es creer que ese ideal es posible. Y tercero, la educación es actuar, es decir, aplicar métodos pedagógicos, y ensayar nuestro camino a la perfección. Claro es que así como ensayo, ocurren muchos errores, los cuales consisten en la ocurrencia de efectos especialmente no esperados o deliberadamente evitados.
La historia de la educación puede entenderse como el camino que tiene de todo tipo de pasajes. Subidas y bajadas, adelantos y retrocesos. La historia sin embargo, con todo y su apariencia de infinito desorden, ella siempre lleva hacia un lugar, hacia el presente y el futuro. Todas las situaciones del mundo histórico tienen su lógica, su razón de ser. El esfuerzo de nuestros pensamientos y de nuestras acciones, en la educación, como formación cultural, tiene efectos insoslayables. Pero también juegan otros factores imponderables. Todo juega. Nos determina la historia; hay un determinismo histórico. Pero sabemos que ese determinismo consiste en la libertad del cambio. Se trata de la posibilidad de efectos transformadores desde nuestra libertad de elección. La historia consiste en equilibrios y desequilibrios. Así ocurre en nuestras vidas personales, entre la cultura del cuerpo y la cultura del alma. A veces hacemos ejercicios físicos, para mejorar nuestra salud física. En otras ocasiones preferimos cultivar el alma hasta volvernos gordos o famélicos. Hay de todo en el mundo.
El régimen de la historia del mundo es tan liberal como el abandono de dios. O puede ser tan totalitario como el cumplimiento de toda su voluntad sobre el destino de los hombres. Pero nosotros mismos, ya que no sabemos nada de eso, nos atenemos a nuestras propias aspiraciones y capacidades. Creemos en la educación, y creemos en el equilibrio que podemos fomentar, ya sea entre el cuerpo y el alma, ya sea entre los individuos y las comunidades.
Con todo, el paso del tiempo nos informa de los ideales de equilibrio, pero también de las realidades desequilibradas. Los ideales no siempre se cumplen, o se cumplen de diferente manera. No somos responsables de todo. Sin embargo, siempre tenemos que nuestros pensamientos tienden a la realidad. El movimiento de nuestros cuerpos, cuando equilibrados y armónicos, muestra pragmatismo, es decir, un sentido utilitario de la motricidad. Así mismo, esperamos el funcionamiento de nuestras ideas. Ellas proyectan un concepto ideal, así tienen un sentido, el cual es también pragmático, pues esa idealidad de cultura es un diseño que pretende el orden equilibrado entre las fuerzas, cuando se trata de la sociedad, individuales y colectivas.






















