El consumo, en un sentido amplio, puede ser entendido como la producción de felicidad en el consumidor. Siendo liberales, no nos importa el verdadero bien de las cosas que consumen los seres vivos. Así, según el comportamiento del consumidor, podemos asumir que lo hace con la intención de producirse felicidad en sí mismo. Para una persona, por ejemplo, el comer un chocolate le producirá un placer inmediato, pues le gusta el chocolate. Pero a esa misma persona puede vérsele tomando unas indeseables amargas medicinas, sufriéndolas, con el objeto, igualmente, de ser feliz en la salud que ellas le producirían. Todo el tiempo, todos los seres vivos, cometemos acciones con un propósito único y último, que es la felicidad. Y si el universo completo es considerado como la vida misma, toda ella completa, podemos pensar que habitamos un mundo feliz, que produce y consume, durante toda su eterna historia, en una eterna economía.
En la vida económica, la que manifiesta todo el universo, el consumo se muestra como una acción determinada por el propio sujeto consumidor. Se ve pues, que el consumo es una muestra de la voluntad de autodeterminación de los individuos. En lo más elemental, la felicidad parece un estado de constante consumo, pues la vida es constante. En ella, en la vida, hay de todo, en una complejidad dependiente de un millón de diversos agentes, causados por otro millón de factores, y causantes de un millón más de efectos con insospechadas diversas consecuencias. Esa complejidad de la vida, que es constante, parece moverse viva, consumiendo y produciendo, pero consumiéndose y produciéndose. La vida, que es la naturaleza, sabe su propio liberal designio, y se obedece a sí misma según su caprichosa ley. Nosotros, que somos seres humanos vivos, somos naturaleza, y sabemos nacer y morir; lo hacemos muy bien, de diversas maneras, y de todos los estilos habidos posibles. Somos tan liberales, como lo es la naturaleza, que no obedecemos a ningún modelo, pues todo modelo en la naturaleza viva, tiende a cambiar, pero a cambiarse a sí mismo.
Las personas no son ningunas iguales. Al parecer, todo en el universo es persona, siendo todo algo único. Una piedra no es jamás la misma que otra piedra, ni son estrictamente iguales. Dos personas, muy parecidas, no son sin embargo la misma. Vemos pues en las personas, que tienen también diversidad en sus comportamientos. El ser vivo depende del consumo, pues sin él, perece. Pero observamos que el consumo no significa la necesaria conexión con la vida, pues el consumo también trae la muerte. Los propósitos de un sujeto, en la vida, no son necesariamente iguales a los propósitos de otro sujeto. El interés de su consumo no es ciertamente uniforme. Si juzgamos su comportamiento de consumo, entendido éste como la producción de felicidad, habremos de entender que los productos ofrecen diversas utilidades. Un mercado liberal muestra una diversidad limitada de productos ofertados para una diversidad limitada también, pero en función de la oferta, de demanda de utilidad. Se consume lo que hay, y sobre de lo que hay, se produce la felicidad, en la utilidad de los consumidores. En tanto que libre, un mercado tiene mayor libertad, uy por lo tanto, mayor complejidad, aumentando la cantidad de la diversidad de la productividad económica. Así, también se aumenta la libertad de los consumidores, y con ello, también la felicidad es más diversa. La felicidad de una persona, depende, decimos, en parte, de la cantidad de los productos en el mercado. Pero depende más de su propio gusto, pues aunque haya muchas formas de deportes, una persona se cultiva solamente en los que elige, y los elegidos pueden suponerse como los preferidos. De la diversidad de productos en el mercado, se ve más pequeña la diversidad de las preferencias de una persona. Sin embargo, la felicidad de una persona, dependiente del su propio consumo, es decir, de sus propias elecciones, nunca es la misma a la de otra persona en el mundo, y en toda la historia. Así la diversidad de las felicidades posibles en el mundo y en toda la historia, es igual en número a la cantidad de seres vivos o personas en todo el universo.
El problema de la felicidad consiste en lograr que todas las personas del mundo sean felices. Puesto así, parece ser imposible la tarea, por lo que la realidad nos impone limitar nuestros objetivos a la mayor satisfacción posible de la mayoría posible de los individuos. Y para hacer más factibles los objetivos, la misma realidad nos impone también a reducir la complejidad, por medio de la definición operativa de la felicidad, o satisfacción, y poderla medir, y también poder evaluar la eficiencia de nuestras propias acciones. Veamos si el servicio de nuestra inteligencia nos ayuda a entender el fenómeno de la felicidad, y poderlo manejar, respetando cualquier designio individual, dentro de los límites de la racionalidad ecológica y civil.





















