En diciembre de 2015, la comunidad internacional ha decidido acordar un plan para detener el deterioro climático del planeta Tierra. Ese plan entraría en vigor en el año 2020, el tiempo en que el Protocolo de Kioto (1997) finaliza.
Detrás de esos programas ecológicos, se reconoce la responsabilidad de las industrias como factores principales de los gases de efecto de invernadero. Los acuerdos obligarían entonces a que los gobiernos de los países industrializados reduzcan sus emisiones en un 5% globalmente. El objetivo de esto es disminuir el calentamiento global, con referencias del año de 1990, y comparaciones con el 2008 a 2015 y siguientes.
Ha habido avances, en tanto que los países firmantes acuerdan extender los compromisos de Kioto hasta el 2020, la inserción de los países en desarrollo, y el aumento de los financiamientos anuales para fines ecológicos. Sin embargo, también estos avances se muestran débiles, pues algunos países industrializados importantes tienden a veces a retirar sus compromisos con la comunidad internacional.
En concreto, el Acuerdo de París continúa con los ideales de Kioto, pero se enfatiza en una acción global en un contexto de sostenibilidad en el desarrollo; y en la erradicación de la pobreza. Mantener por debajo de 2°C la temperatura media mundial, con respecto a niveles preindustriales, es un objetivo principal y concreto. En conexión, deben de haber esfuerzos por reducir la emisión de gases de efecto invernadero, al tiempo de que también se aplican formas de aumentar la resiliencia climática y la capacidad adaptativa a los efectos adversos del cambio climático, con el fin de no comprometer la producción de alimentos. Y en tercer lugar, estas acciones anteriores deben de ser promovidas financieramente a un nivel compatible con las necesidades de resiliencia climática desarrollada y bajas emisiones de gases de efecto invernadero.
Los efectos de las acciones de los seres humanos en el consumo excesivo se observan en el medio ambiente. Se muestra pues una conexión, en la idea de ecosistema, entre el medio ambiente y la actividad económica en la producción y el consumo. Se observa, por ejemplo, que el precio en el mercado de los productos no refleja los costes totales de la producción y el consumo de productos o mercancías. Por lo tanto, en el precio del mercado no paga el consumidor, ni el productor, el coste no reflejado, y se traslada éste, sistemáticamente, hacia afuera, como una externalidad, para que lo paguen otros. Se puede observar, en general, que el balance (entre utilidad y desutilidad) entre beneficios y costes económicos se da sistemáticamente, poniendo los beneficios en el nivel individual (propiedad privada), y los costes en el nivel social. El problema del calentamiento global cumple con las características de una externalidad negativa, pues los beneficios se presentan del lado de la producción y el consumo industrial, mientras que los detrimentos se trasladan al medio ambiente, lo cual está considerado de propiedad común.
Con la explotación de recursos naturales genéticos, mediante políticas de acceso abierto, aparecieron afectaciones en los suelos, en el agua y en el aire, los cuales son costos no considerados en el precio de mercado de productos. Las afectaciones son ecológicas y sociales, por lo que son consideradas afectaciones comunes. Es posible solucionar esto mediante la privatización de la propiedad común, limitando la libertad individual de explotación de los recursos comunes, y racionalizando su explotación, de una manera sustentable. Y junto con la restricción de la libertad (individual) se debe de fomentar la responsabilidad (social) en la explotación de los recursos comunes.
En un contexto internacional, las afectaciones comunes pueden ser negadas por algunos gobiernos, como el de George W. Bush en 2005, al reducir gastos en el cuidado ecológico, justificado de alguna manera por la baja recaudación de impuestos, pero de otra manera justificado por conflictos de intereses en la explotación de los recursos naturales.
En este año de 2017, 1 de julio, el presidente Donald Trump, igualmente, niega la verdad del cambio climático, y retira sus compromisos firmados por Obama, ante el Acuerdo de París, muy probablemente por las mismas razones de conflicto de intereses.






















